La Basílica de Notre-Dame en Montreal estaba bañada por una luz azul profunda, con candelabros que colgaban como estrellas. Los vitrales adornaban la basílica, y la luz del sol entraba a raudales, iluminando las sillas. El órgano tras el altar era enorme, con miles de tubos, según se decía. Los turistas permanecían absortos, algunos con los ojos cerrados, otros tomando fotos con sus teléfonos. En los respaldos de las sillas colgaban hojas de oración escritas en francés, torcidas e ilegibles. Al salir, un músico callejero tocaba el violín en la plaza, y la melodía flotaba en el aire. Las escaleras estaban llenas de gente tomando el sol, con palomas revoloteando a sus pies. El campanario de la iglesia se alzaba silencioso contra el cielo azul.