Visitar la Mezquita Hassan II fue, sin duda, lo mejor de mi estancia en Casablanca. Desde el momento en que pisé el paseo marítimo, me impresionó su magnitud: los intrincados azulejos zellige, los techos de cedro tallado y el imponente minarete de 210 metros son simplemente espectaculares. La visita guiada estuvo muy bien organizada y ofreció una visión fascinante de la artesanía marroquí y la tradición islámica, pero el momento más inolvidable fue estar en la sala de oración con suelo de cristal, contemplando las olas del Atlántico romper justo bajo mis pies. Incluso si no eres religioso, esta es una obra maestra de arte e ingeniería que merece un lugar en el itinerario de cualquier viajero. Eso sí, asegúrate de llegar temprano para disfrutar de la mejor luz y evitar las multitudes; es una experiencia que recordaré para siempre.