De pie entre los edificios coloniales de la Plaza de Armas, bañada por los tonos rojizos del atardecer, casi podía oír los ecos de la historia resonando. Mientras las campanas de bronce de la catedral sobresaltaban a una bandada de palomas, acaricié las lisas y desgastadas tallas de piedra que bordeaban la fuente central, un lugar donde, según se decía, innumerables viajeros habían descansado durante tres siglos. Un anciano indígena con una capa a rayas estaba sentado en un banco, trenzando cuerdas de colores, con un montón de sal de colores apilado a sus pies en una caja de aluminio, mientras un joven con auriculares pasaba deslizándose en patineta. El cambio de guardia en el Palacio Presidencial, con el taconeo de las botas marcando un ritmo constante, no lograba ahogar la melodía de "La Paloma" que tocaba un acordeonista en un rincón. Al sacar de mi bolsillo una moneda con la imagen de Bolívar, sentí de repente que esta plaza era como esa moneda: una cara grabada con la solemnidad de la época colonial, la otra con la vibrante energía de la vida cotidiana.