Mientras ascendíamos al cráter Irasu, humos sulfurosos silbaban y se elevaban de las fisuras de la tierra, como si el planeta jadeara con fiebre baja. Al mirar hacia abajo, al lago ácido de color verde esmeralda, el guía señaló de repente su centro, donde ondulaciones rosadas formadas por extremófilos florecían como flores en el veneno. «La muerte y la vida siempre van de la mano», bromeó, entregándonos una careta protectora. En el descenso, comenzó un aguacero torrencial. Nos refugiamos en el observatorio, comiendo pan de maíz con salsa de frijoles negros, con los cristales de las ventanas agrietados como estrellas por las gotas de lluvia y la ceniza volcánica. De regreso, toqué la roca volcánica en el exterior de mi mochila; su superficie porosa aún conservaba el calor persistente del latido del corazón de la tierra.