Las calles empedradas del Viejo Quebec eran irregulares, y las ruedas de mi maleta resonaban con fuerza. Las casas se apiñaban en las laderas, con sus rejas de hierro forjado oxidadas y pequeñas flores adornando los alféizares. El aroma a panadería impregnaba los callejones, y a la vuelta de la esquina, un anciano tocaba el acordeón con una melodía lenta y suave. Al llegar al castillo, el río San Lorenzo brillaba con un resplandor grisáceo a mis pies, y el viento me helaba la cara. Al atardecer, las sombras de las murallas se extendían a lo largo de la ciudad, el humo se elevaba de las chimeneas y toda la ciudad se envolvía en un crepúsculo dorado y sereno.