El edificio de 875 North Michigan Avenue era aquel rascacielos estrecho y negro, como un bloque de madera atascado en la intersección. El interior estaba completamente a oscuras; las puertas del ascensor se abrían a ventanales que ofrecían una vista de Chicago extendiéndose a sus pies. El viento era tan fuerte que las ventanas vibraban, y el lago se veía como una extensión gris, borrosa e indistinta. Un niño estaba pegado a la ventana contando barcos, pero se olvidó de terminar a la mitad. El lejano sonido del tráfico de abajo llegaba como un trueno amortiguado. Tras estar allí un rato, me sentí mareado, así que rápidamente encontré el ascensor y bajé.