Mientras conducía por la autopista 1 de California, me dolían las manos de tanto sujetar el volante. El tramo costero era sinuoso y con curvas, con olas blancas rompiendo contra los acantilados. Me detuve a un lado de la carretera para observar a las focas; esos animales tan tranquilos simplemente se revolcaban de espaldas, sin moverse ni un centímetro. El puente de Big Sur era bastante fotogénico, pero estaba demasiado ocupado mirando la carretera como para cruzarlo. Parábamos y arrancábamos constantemente, girando en cada mirador que veíamos para disfrutar de la brisa. Justo cuando el depósito de gasolina estaba casi vacío, llegamos al pueblo; una hamburguesa y una Coca-Cola fueron la comida reconfortante perfecta.